Microrrelato tres

martes, 27 de febrero de 2018


Espero que esta iniciativa creada con toda la ilusión os siga gustando y os animéis cada vez más a participar en escribir vuestro microrrelato. Ahí va el tercer microrrelato.
Tenéis que seguir estas pautas:

Como ya dije, las pautas cada vez serán diferentes y hoy toca escribir un microrrelato con lo que os sugiera la palabra mochila.

MOCHILA
Y a pesar de tener a su alcance otras manos con las que ayudar a llevar esa mochila tan pesada, no quiso ayuda. A pesar de tener otras mochilas en las que depositar las piedras que cargaba a su espalda, no quiso compartir. Simplemente suspiró, dio media vuelta dando la espalda a aquellos que ofrecían su ayuda, y siguió caminando, con su mochila cada vez más llena, cada vez más pesada.

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¿Te animas a escribir el tuyo en los comentarios?



4 comentarios:

  1. Muy buen relato y algo que siempre hacemos en su gran mayoria cargar nuestra mochila llena de piedras o de mierda como decía mi maestro de psicologia.
    Un salud❤

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  2. Una mochila.

    Una vieja y maltrecha mochila era todo lo que quedaba en su vida de ella.

    Un día se despertó y no estaba a su lado en aquella cama que ahora le parecía enorme. No había rastro de ella en la casa, ni sus perfumes, ni sus libros, ni su ropa... Ni siquiera su olor. Se lo había llevado todo, incluido su corazón.

    Nunca sabría por qué lo había echo, él la había amado todos y cada uno de los días que habían compartido, pero no fue suficiente. Ella siempre quiso más y salió a buscarlo. Alguien que la ofreciera largos viajes y caros regalos.

    Regalos. Esos es lo único que no se había llevado. Los regalos que él le había dado durante aquellos años. Los tomó uno a uno para meterlos en la mochila para guardarla en el fondo del armario.

    Años después se volvieron a encontrar, ella había conseguido lo que buscaba tal como indicaban los diamantes de su cuello, pero supo que había tenido que pagar un precio muy alto por aquellos lujos: su felicidad.

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  3. A veces las mochilas cogen forma de criaturas impensables: así hay mochilas-babosa –que se resbalan– mochilas-orangután, mochilas-hombre-invisible o mochilas-garrapata. Estas últimas se adhieren al cuerpo y parasitan el timón del mochilero, que se queda de pie en mitad de la carretera. Parece que en estos casos si se aplica el remedio de tres cubos de agua helada, una alta dosis de realidad y de volver, cuatro palmadas en círculo alrededor y siete palabras bien dichas, un mochilero parasitado sale del trance. Un mochilero prende fuego, tira piedras, pisotea, guarda los restos en una cajita. Un mochilero busca a ver si en algún bolsillo todavía puede encontrar algo con forma de máquina de tiempo, porque pide arriba, abajo, y en todas direcciones –las mismas direcciones en las que ama– que no sea demasiado tarde.

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